Era un buen negocio el del monje franciscano. Gracias a su buena caligrafía conseguía ganarse la vida reproduciendo manuscritos por encargo. Las cifras que manejaba eran altas, y es que un producto de lujo como el suyo no estaba al alcance de todos.
Fue entonces cuando apareció el alemán ese para joderlo todo. Surge la imprenta y se acaba lo bueno, el coste de reproducción de los libros cae en picado, y así lo hace la demanda de manuscritos llevando a nuestro querido monje franciscano al paro. Dificilmente la gente veía valor en su trabajo. Así es como empezó.
Desde entonces ha habido monjes franciscanos de la fotografía, monjes franciscanos del audiovisual, del periodismo y de la publicidad. Sus verdugos fueron la cámara compacta, la digital, el móvil y el ordenador. Y es que, en comunicación, a cada tecnología que surge desaparece un privilegio y peligra una profesión.
Con el avance tecnológico, estos fotógrafos, cineastas, periodistas, escritores y publicistas perdieron parte de su pedigrí. Las tecnologías han llevado a que a día de hoy cualquiera pueda aspirar a sucederlos. Hoy cualquiera con un smartphone puede crear un corto, un spot o un reportaje periodístico. Hoy las fotos de actualidad no las crean los fotógrafos profesionales, sino los propios protagonistas de las historias gracias a sus cámaras digitales y móviles de última generación, hoy las herramientas de difusión de los colectivos de ciudadanos recuerdan cada vez más a las de las agencias de publicidad. Es la calidad y la relevancia la que hace importante a una obra, no el nombre de su autor.
Sin embargo, el verdadero salto no se ha dado solo gracias a las tecnologías de creación de contenidos. El gran cambio es otro: es que hoy la democracia ha llegado a las tecnologías de difusión.
Estoy hablando del protagonismo de Internet y de sus redes sociales. Estoy hablando de YouTube, de Blogger, de Flikr, Facebook o Twitter. Espacios que nos ofrecen la posibilidad de tener nuestro propio periódico, canal de televisión o galería fotográfica. Estos pequeños medios de comunicación son los que están cerrando el círculo que empezó Gutenberg.
Un círculo que comienza a cerrarse en el momento en que los nuevos soportes permiten competir a los contenidos en igualdad de condiciones, soportes en los que la agenda de contenidos es dibujada por su calidad, urgencia e interés; no por el criterio editorial de los medios de comunicación de masas.
Estamos ante un proceso de cambio que afecta a los privilegios de los creadores, pero que sobre todo afecta a la jerarquía en la difusión. En el S. XX los fotógrafos perdieron la exclusividad de poseer una cámara, en el S. XIX los medios convencionales han perdido la exclusividad de poseer un canal.
La batalla en Internet es la de dar relevancia a nuestros contenidos para conseguir que lleguen al público. Y esta batalla es distinta a todo lo anterior, una batalla con protagonistas como el SEO de Google o la prescripción de contenidos en Redes Sociales, una batalla de la que espero hablaros otro día.
